EL CHALET

Y yo, ¿cómo lo veo? - my blog

…Se descabalgó del cuerpo de Lucía y quedó tumbado a su lado.

Andrés contempló detenidamente la hermosa desnudez de ella, le acarició el vientre, jugueteó moviendo su dedo índice en el ombligo, luego descendió rozando la piel hasta llegar a la vulva; dio unos suaves golpecitos al tiempo que acercándose a su oido musitó: “el volcancito más precioso del mundo”.
Se incorporó, y salió de la cama.

– Me voy al patio – dijo cogiendo un paquete de cigarrillos y un encendedor que estaban en la mesita.
Sabía que a ella no le gustaba que fumara dentro de la casa.
Descendió a la planta baja y cruzó el salón contemplando con admiración la encantadora decoración de los años veinte, perfectamente conservada.
Cuando tres años antes compraron aquel chalet decidieron que todo siguiera, dentro de lo posible, como si el tiempo se hubiera detenido.
Los cortinajes, la mesa, las sillas y sillones; además de la cómoda y varios cuadros de antiguos moradores de la casa que parecían vigilar que todo permaneciera en su sitio.

Entró en el pequeño patio interior con paredes repletas de macetas y un pozo, a la sazón, inutilizable.
Todo el conjunto tenía la apariencia de un clásico rincón andaluz.
Los actuales moradores siempre imaginaron el toque de unas manos, tal vez sevillanas, que quizá hubieran pertenecido a algún miembro de  anteriores habitantes de la finca.

Encendió un cigarrillo y dio una bocanada. Al aspirar profundamente notó con desagrado un cierto olor fétido, muy ligero, pero apreciable.
No terminó el cigarrillo. Se movió lentamente de un lado a otro intentando localizar la procedencia de aquel hedor.
Una luna casi llena incidía vertical sobre las claras losetas que pavimentaban el suelo y reflejaban una extraña luz que imprimía a todo un fantasmagórico efecto, con el blanco mármol del brocal del pozo emergiendo en el centro del patio.

Andrés se aproximó al soporte de madera que cubría el pretil y que servía de apoyo a varias macetas; no tuvo duda, de allí salía el olor.
Acercó una oreja a las pequeñas rendijas de las maderas, sorprendido por lo que le pareció un sonido provocado por burbujas.
¡No puede ser! exclamó, esto lleva años seco, aquí no hay agua.
Pensó que aquella hora de la noche no era el momento de averiguar aquel aparente misterio.
Contrariado, decidió volver a la habitación. Cruzó de nuevo el salón y al pasar delante de la puerta que bajaba al sótano creyó oir ruidos.
– ¡Vaya por Dios! Esta noche nos visitan los fantasmas. Burbujas en un pozo seco y ahora ruidos en un sótano inutilizado. ¡A ver! ¿Quién anda ahí? – gritó sonriendo.
Abrió la puerta, encendió la luz, observó con detenimiento desde lo alto de la escalera, pero nada; en el sótano no había más que trastos inútiles. Apagó la luz y cerró la puerta. A pesar de su incredulidad, pegó la oreja contra la madera y oyó como si alguien bajara la escalera con sigilo. Volvió a sonreir y subió al dormitorio.

Abrió la puerta y contempló el espectáculo que le ofrecía su esposa.
Lucía sonreía maliciosamente desperezándose desnuda sobre la cama y abriendo las piernas con un gesto provocador.
– ¡Lucía, mi amor! ¿No te cansas?- Bromeó Andrés.
– Yo no, ¿y tú? ¡anda! aprovecha antes que me dé sueño -dijo abriendo los brazos para recibir a su hombre…

***

Alberto Guzmán estrechó la mano de la agente inmobiliaria, que cerró la puerta y conversó unos minutos más con él.

– No se arrepentirá señor Guzmán, hoy ha vuelto a comprobar que el chalet es una maravilla y una zona exclusiva como esta ya no se encuentra.
Cuando viva aquí, ya verá que cada dia estará más a gusto.
En fin, le esperamos el jueves, y tendremos preparado todo el papeleo.
– De acuerdo allí estaré. Ahora voy a dar una vuelta por aquí, a empezar a hacerme con el barrio. Hasta el jueves.- Dijo antes de marchar.

La zona era el resto de un conjunto residencial de los años veinte que se había mantenido, como por un milagro, apartado de las viviendas de nueva construcción de los alrededores.
La acera de una pequeña calle recorría como una compañera inseparable, el grupo de nueve chalets de dos plantas con un pequeño jardín cada uno. En la otra acera no había nada, solo servía de límite a un solar convertido en un pequeño parque y a unos cien metros,otra solitaria calle donde comenzaban los edificios de una nueva barriada.

Alberto solo tuvo que dar unos pasos para encontrar amistad.
Su vecino, un hombre de unos setenta años con abundante cabello muy blanco, vestido con tejanos y una juvenil camiseta con el nombre de una universidad, se encontraba arreglando el jardín.
Se acercó al hombre y se presentó:

– Buenos dias, me llamo Alberto Guzmán y voy a ser su nuevo vecino.- dijo tendiendo la mano.
El hombre sonrió y le estrechó la mano ofrecida.
– Pues yo soy Manuel, me alegro de conocerle y de que al fin el chalet esté de nuevo habitado ¿Vendrá pronto a vivir?- preguntó el vecino.
– Sí, la próxima semana volverá mi mujer de un congreso y comenzaremos el traslado.
Soy escritor y siempre he vivido en Madrid, pero hace algún tiempo pensé cambiar de ciudad y venirme aquí a Barcelona.
– ¿Ha dicho que es escritor?- preguntó sorprendido Manuel.
– Sí, ¿por qué?
– Porque el anterior propietario también era escritor. Vivió aquí tres años con su esposa hasta lo de la inundación. De eso también hace tres años, y nunca ha venido nadie a vivir.
– ¿Qué se inundó?- preguntó Alberto, con cierta inquietud.
– Su chalet, y además de forma inexplicable. El pozo del patio, igual que los de los otros chalets llevaba años seco.
Antiguamente había una fuente subterránea que daba agua a todos porque están comunicados, pero un dia se secó y todos nos quedamos sin agua en los patios. Llevamos años así.
– Pero ¿cómo se inundó solo ese chalet? volvió a preguntar Alberto, cada vez más intrigado. ¿No dice que están todos comunicados?
– Eso fue un misterio, como todo lo que ha ocurrido siempre en esa casa.
– ¡A ver, a ver! Cuénteme amigo Manuel, que me tiene en ascuas.
– Está bien yo le cuento, espero que no sea usted aprensivo.
– Tranquilo, no me asusto con facilidad.
– Pase, pase,- ofreció el vecino- tomamos algo y le explico la historia. Así nos vamos conociendo.

Alberto acompañó a su vecino y entró en la vivienda. Observó que aunque la decoración era muy diferente, la construcción era idéntica a la que pronto sería la suya.
Tomó asiento en el salón y Manuel se desplazó a la cocina a preparar unas bebidas. Al poco, volvió, ocupó su sillón preferido y comenzó a hablar.

– Le va a parecer increíble. Yo conozco el asunto porque desde que nací, en el 48, siempre he vivido aquí. Mis abuelos fueron unos de los primeros residentes del barrio.
El chalet de aquí al lado tiene una curiosa historia que por lo visto a usted no le han explicado.
– No, no, qué va, a mí no me han dicho ni una palabra. – Replicó Alberto.
– Pues ahí va, – comenzó Manuel.- Los primeros propietarios fueron un matrimonio de jubilados norteamericanos. Parece ser que con la depresión del año 29 se arruinaron totalmente, y como vivían de rentas no tenían medios de vida. Total que al año siguiente decidieron morir de mutuo  acuerdo. Dejaron una carta explicándolo todo.
El marido le pegó un tiro a la mujer y él se suicidó con la misma pistola.

– ¡Coño! -Exclamó Alberto, -vaya comienzo.
– Pues sí,- continuó Manuel- la vivienda estuvo desocupada largo tiempo.
A principios de los cuarenta vino otro matrimonio joven con dos hijos gemelos muy pequeños. Años después, los críos tendrían ocho o nueve años, un dia desaparecieron. Se habló de un secuestro, pero sus padres insistieron en que se perdieron dentro de la casa, porque aquel fatídico dia, cuando despertaron, los niños no estaban y la puerta y las ventanas estaban cerradas por dentro.
La policía nunca supo lo que pasó. Al poco tiempo, el matrimonio dejó la vivienda.
Otra vez estuvo cerrada largo tiempo, hasta que vinieron los últimos.

Aquel dia, hace unos tres años más o menos, empezamos todos en el barrio a sentir un olor nauseabundo, horrible; conforme pasaban las horas iba en aumento, era insoportable.
Los vecinos estábamos descompuestos, no sabíamos qué pasaba.
Llamamos a la policía, vinieron, y al poco rato también los bomberos.
Los agentes acordonaron la calle y comenzaron a hablar con todos los vecinos que habíamos salido de nuestras casas; todos menos el matrimonio de su chalet.- Manuel detuvo la conversación y observó al asombrado Alberto, como queriendo saber qué estaba pensando,- tras la pausa, continuó,- los policías llamaron a la puerta, porque además de que eran los únicos vecinos que no habían salido a la calle, constataron que en aquel punto el olor era mucho más intenso.
Al no recibir contestación a las llamadas, ordenaron a los bomberos abrir la puerta.
Unos y otros entraron en el chalet.

Al rato salieron tres policías y el que parecía de mayor graduación nos ordenó a los vecinos acercarnos para darnos una primera información y tranquilizarnos; pero en vez de eso, nos dejó perplejos y preocupados a todos.
Según nos informaron, el nivel del pozo había subido hasta rebosar cieno con un olor fétido insoportable y había inundado todo el patio.
Todos pensamos que aquello era inconcebible que ocurriera en un pozo seco desde hacía años y además solo en aquel chalet, a pesar de estar todos comunicados.
Las incógnitas aún no habían terminado. En el sótano había más de un metro de cieno, sin embargo, no había ninguna conexión con el pozo; entonces ¿por dónde había entrado aquella inmensidad de lodo?

Manuel hizo una nueva pausa y bebió un trago de su refresco. Alberto aprovechó la detención y dijo:
– Manuel, todo esto resulta muy desagradable e increíble, si no fuera porque usted ha sido testigo.
– Pues aún no he terminado – y continuó – el matrimonio, que por cierto, los dos eran un encanto, habían desaparecido, no estaban en la casa. Nadie supo donde fueron a parar. Como le dije al principio, todo fue un misterio.
– ¿Y la policía nunca dio una explicación?
– No la dio, porque no la hubo.
– Creo que la inmobiliaria debería haberme informado de todo.- Dijo Alberto, pensando en voz alta.- ¿Sabe que le digo amigo Manuel?, que me parece que no llegaré a ser su vecino.- Siguió diciendo, anonadado.

Seguidamente, le estrechó la mano y se marchó, sin decir ni una sola palabra más.

Saludos

Angel Denic

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