Llevaba tantas horas allí, al lado de la cama, que había perdido la noción del tiempo. Mi padre permanecía amodorrado tal como la última vez que lo miré, antes de que me quedara en duermevela.
Mis entrañas hicieron un ruido sospechoso. Observé que hacía horas que no había probado ni agua. Me levanté, en silencio, del sillón de acompañante sin dejar de observar a mi padre que seguía con su sueño.
Salí de la habitación en busca de algo sólido: chocolatinas, patatas fritas, gominolas, me era indiferente; tenía tanta hambre que con cualquier cosa estaría satisfecho.
Anduve deambulando por los pasillos y al final encontré mi salvación. Una máquina expendedora de chucherías. Cogí dos Kinder Bueno. Volví sobre mis pasos por aquellas interminables galerías de paredes desnudas, con sólo los números de las habitaciones junto a las puertas.
A los pocos minutos me detuve junto al 237. Durante unos momentos dudé ¿era el 237 o el 227? No, no, el 237 me respondí a mí mismo.
Pensé que mi padre estaría aún dormitando. Abrí la puerta con sigilo y miré hacia el interior. Las paredes, la ventana, la puerta del baño, la cama; todo era igual salvo que el hombre que estaba despierto y con un gotero en el brazo no era mi padre.
Algo turbado, iba a decir: “perdone, me he equivocado”, pero el hombre, que ya me había visto, no me dejó terminar la frase. Me dijo: “pasa, Luis, pasa, pensé que no vendrías”.
En un primer momento estuve tentado de aclararle que yo no era Luís, pero le vi tan seguro y con tal expresión de alegría, que no quise contradecirle.
— Siéntate aquí a mi lado — me dijo señalando el sillón que estaba a su derecha.
Yo esperaba que sus familiares volvieran pronto, porque mi padre se encontraba solo y no sabía si se habría despertado. Aún así, me senté al lado de aquel hombre.
— Tu madre acaba de marchar ¿no te la has cruzado? — me preguntó.
— No, no la he visto — dije, siguiéndole la conversación.
— Le he dicho que he estado en el banco y está todo arreglado. Creía que nos echarían de casa. Pero no, no nos van a echar, le dije: “Lola, tranquila, esto lo resuelvo yo; toda la vida arreglando problemas de los demás y ahora qué,
¿no voy a arreglar el mío?”
— Claro, claro — dije, por decir algo, y continué — ¿usted cómo se encuentra?
— Yo estoy bien, pero muy aburrido. Suerte que ha venido tu madre y he estado charlando con ella. Ha salido cuando tú entrabas ¿no la has visto?
— No, respondí. Comprendí que me iba a repetir la versión que le rondaba por su dañada mente.
Justo en aquel momento se abrió la puerta y entró una pareja, de edad aproximada a la mía. Me miraron con sorpresa, mientras me levantaba del sillón. Me acerqué a ellos para hablarles, algo alejado de la cama.
— Perdonen — dije — me equivoqué de habitación y este señor me confundió con su hijo, Luis. No quise desmentirle.
— Gracias— me dijo el hombre — Luís era mi hermano
mayor, ya fallecido.
— Y su madre ¿vive? — pregunté, imaginando la respuesta.
— No, murió hace cinco años. Yo soy Esteban, su otro
hijo, y Celia, mi mujer.
— Bueno, pues me marcho. Me alegro de conocerles. Nos dimos la mano y salí de la habitación.
Esta vez fuí decidido a la 227. Entré y vi que mi padre estaba despierto. Sin decir nada, le dirigí una amplia sonrisa. Me miró fijamente y me dijo:
— Pareces muy alegre ¿te ha pasado algo?
— Sí, respondí. Estoy muy contento de que sepas quién eres tú…y quién soy yo.
Angel Denic.
Saludos y ¡Buen Verano!
