Sabía que debía hacerlo. Permanecer
sin revelarlo era cada día más doloroso. Laura no se merecía aquel engaño.
Pablo aparcó el auto con dificultad. Un vecino invadía una pequeña parte de su
plaza por la izquierda y otro lo hacía por la derecha, parecía que lo hubieran
acordado. Al fin haciendo una maniobra de precisión, quedó más o menos bien
aparcado.
Cerró el vehículo y entró en el ascensor. Su cabeza daba vueltas a la situación
que se presentaría en pocos minutos. En cuanto abriera la puerta de su casa. Salió
del ascensor, sacó la llave del piso, la introdujo en la cerradura y empujó la
puerta.
Ella, oyó el golpe de la entrada.¡Hola,cariño! gritó desde el interior del
piso. Él, encendió la luz del pasillo, andaba lento.
Se entretuvo en observar las figuras de cristal y porcelana de las estanterías,
que tanto le gustaban a ella, como si fuera la primera vez que las veía. La
tensión de su pared abdominal iba en aumento. Había pensado que lo mejor sería
confesarlo todo sin preámbulos, sabía que si titubeaba al principio sería
incapaz de plantear la conversación.
Ella salió de la habitación que estaba ordenando, le rodeó el cuello con sus
manos y sonriendo, le dio un cariñoso beso en los labios. Lo miró a los ojos y
le dijo unas palabras que él hubiera preferido no escuchar: “tenía muchas ganas
de verte”. Habría sido mejor recibir un martillazo.
¿Cómo le diría que los dos últimos meses había hecho la canallada de mantener
relaciones sexuales con su amiga Elsa?
La televisión estaba conectada y hablaba para nadie. Floren, que dormitaba en
el sofá, se despertó cuando notó que habían entrado en el salón, se encorvó
para hacer su gimnasia felina, después se lanzó al suelo y se fue a comer.
Él apagó el televisor, no quería charlas inoportunas ni estúpidos anuncios
mientras mantuviera el desagradable parlamento que estaba a punto de comenzar.
¿Por qué apagas la tele? Me interesa el programa que sigue ahora, dijo ella.
Tenemos que hablar, dijo él con expresión seria.
Paula le miró a los ojos. Durante unos segundos, que para ambos les parecieron
horas, no hablaron. Era la primera vez que aquel elocuente mutismo se había
mantenido entre los dos. Sin palabras, en sólo unos instantes, ella lo supo
todo.
Unas lágrimas silenciosas aparecieron en sus ojos y resbalaron por las mejillas.
Él no intentó hablar. Pensó en las temidas palabras que esperaba tener que
pronunciar y que ya no serían necesarias.
La conversación había concluido antes de comenzar.
Un saludo
Angel Denic
