El aprendiz de contrabandista

Y yo, ¿cómo lo veo? - my blog

Había sido un espléndido día de mayo. Buena temperatura hasta el atardecer. Un nublado había oscurecido antes de tiempo la partida del Sol, aunque unas rachas de “Nordés” aparecieron, limpiaron el cielo y enfriaron rápidamente el ambiente costero. La brisa y el olor marino manifestaban sin lugar a dudas la proximidad del océano. Gonzalo lamentó no llevar alguna prenda de abrigo. Dio una patada a una caja de cartón vacía, la lanzó a unos metros y siguió andando sin prisas por el arcén de la carretera de Cambados a Villagarcía. Pasó un coche, seguido de una camioneta y durante un rato, ninguno más. Le extrañó, porque habitualmente había mucho tránsito. Llegó al sitio que le habían indicado. Casi a un kilómetro de la salida de la ciudad. En una pequeña explanada utilizada por el autobús de línea, debía esperar a que le recogieran. En el mismo lugar, encontró a otros tres chicos de edad aproximada a la suya. Supuso que todos iban a lo mismo. Minutos después, se detuvo una furgoneta con otros tres jóvenes en su interior. Montaron todos en ella, arrancó y siguió adelante un largo rato. En un momento dado tomó un desvío y se adentró en una zona arbolada hasta llegar a un claro.¡ Venga! todos abajo, gritó el conductor. Los jóvenes comenzaron a andar por una vereda que descendía hasta la orilla de lo que parecía un rio. Allí esperaron. En pocos minutos, por otra estrecha carretera apareció un camión de mediano tonelaje y se detuvo. Aquel lugar era un oscuro laberinto iluminado mientras el vehículo tuviera sus luces encendidas, después, sólo las estrellas eran las encargadas de alumbrar la zona donde se encontraban.
Un ruido de motores comenzó a oirse en la lejanía. En pocos minutos había una enorme motora atracada en la orilla.¡Vamos!gritó uno de los chicos, y corrieron hacia la barcaza metiéndose en el agua hasta las rodillas. Todos llevaban pantalón corto y zapatillas con suela de goma, conforme a las indicaciones que les habían dado sus jefes.
La lancha era gran plataforma con potentes motores, y sobre ella varias redes con forma de bolsa que contenían cientos de cajas de cigarrillos Winston, según constaba en la rotulación de las mismas. Los encargados de las maniobras aflojaron las redes con cuidado liberando unos palés de madera que mantenían las cajas apiladas sin apenas desmontarse. Los jóvenes comenzaron un veloz trasiego de cajas de tabaco desde la barcaza hasta el espacio de carga del camión donde quedaban colocadas en perfecto orden. En poco más de dos horas, el trabajo quedó finalizado. La motora desapareció en la oscuridad de la noche.El camión enfiló la pequeña carretera por la que había llegado, con una velocidad increíble que demostraba la pericia de su conductor, muy habituado a la circulación nocturna por un camino lleno de curvas, en una zona arbolada como aquella.
    Los siete chicos volvieron al punto donde esperaba la furgoneta que los había llevado a la faena nocturna e hicieron el trayecto de vuelta.–¿Todos vendréis el próximo martes?– preguntó el conductor, mientras abría la puerta trasera para que salieran.–Siii– contestaron al unísono. El hombre sacó un fajo de billetes de cien pesetas y contó de viva voz: — Uno,dos,tres…y diez. Y seguidamente los entregaba a cada chico con un apretón de manos como despedida. Todos marcharon en distintas direcciones. Gonzalo comenzó a caminar con paso tranquilo, sin prisas, quería pensar y gozar de los momentos vividos. Sentía y tocaba el dinero en su bolsillo. En un par de horas había ganado lo que un obrero en veinte días, y además, era muy probable que pudiera hacerlo seis u ocho veces cada mes. — ¡Dios mio! ¡qué locura!– gritaba dando saltos alegría, por la oscura carretera, alumbrada sólo por las luces de los escasos vehículos que circulaban a aquellas horas.


Fragmento del libro : La madeja. Próxima publicación

Un saludo

Angel Denic

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